El relojero que quería detener el tiempo

Historias

En el corazón de una ciudad vieja y ruidosa, donde los vendedores gritaban ofertas, los autos bocinaban sin compasión y los turistas caminaban con mapas arrugados, existía un pequeño taller que muchos pasaban por alto. Era un local estrecho, con un letrero de madera gastado que decía: “El Tiempo y sus Secretos — Reparaciones, Ajustes y Restauraciones”. Allí trabajaba Samuel Aranda, un relojero tan peculiar como el mismo oficio que lo mantenía vivo.

Samuel no era joven, pero tampoco viejo del todo. Tenía el cabello gris como el metal de un reloj antiguo, los dedos largos y finos como agujas, y unos ojos profundos que brillaban como engranajes recién pulidos. A diferencia de muchos otros relojeros, no solo reparaba relojes: les hablaba. Les preguntaba por dónde habían viajado, qué manos los habían sujetado, cuántas despedidas habían marcado y qué amores habían acompañado. Para él, cada tic-tac era una historia esperando ser rescatada.

Desde niño había tenido una obsesión con el tiempo. Su madre decía que nació cinco semanas antes de lo previsto, como si hubiese tenido prisa por comenzar a vivir. Su padre, en cambio, juraba que Samuel siempre caminaba lento, observando todo, como si quisiera estirar los segundos. Ninguno de los dos imaginó que esa relación tan íntima con el tiempo terminaría definiendo toda su vida.

El taller no era grande, pero dentro convivían cientos de relojes: de bolsillo, de pared, de cuerda, de torre, digitales, de arena, y hasta un viejo reloj astronómico que nadie sabía cómo había llegado allí. El lugar olía a madera antigua, aceite y paciencia. Cada mañana, Samuel llegaba antes de que la ciudad despertara, y encendía una pequeña radio que siempre transmitía música clásica. Decía que Bach, Chopin y Debussy habían entendido mejor el tiempo que cualquier reloj.

Durante años, la ciudad no supo qué pensar de él. Algunos lo consideraban excéntrico, otros lo admiraban. Pero todos coincidían en algo: nadie reparaba el tiempo como Samuel.

Lo que pocos sabían era que, detrás de tanta devoción, había un deseo profundo: Samuel quería detener el tiempo. No por miedo a la muerte ni por nostalgia del pasado, sino porque pensaba que la humanidad había olvidado el valor de lo que no vuelve. Veía a la gente correr sin mirar, a los amantes discutir sin escucharse, a los hijos crecer sin que los padres notaran el proceso. Creía que si pudiera hacer que el tiempo descansara, aunque fuera por un instante, el mundo comprendería lo esencial.

Ese sueño comenzó a tomar forma una tarde de invierno, cuando una mujer desconocida entró al taller. Vestía un abrigo azul oscuro, y llevaba en sus manos un reloj de bolsillo de plata. Sus dedos temblaban, no por frío, sino por miedo. Cuando habló, su voz era apenas un susurro:

—¿Puede repararlo?

Samuel tomó el reloj con delicadeza. Era antiguo, con grabados diminutos que parecían plumas. Al abrirlo, descubrió algo extraño: no tenía mecanismo. Estaba completamente vacío, como si el tiempo hubiese escapado.

—¿Dónde está el movimiento? —preguntó sorprendido.

La mujer lo miró a los ojos.

—Eso vengo a preguntarle a usted.

Samuel no entendió de inmediato, pero algo dentro de él despertó. El reloj no estaba roto, solo incompleto. Algo o alguien le había arrebatado su esencia.

La mujer se llamaba Elena, y desde aquel día visitó el taller todas las tardes. Llevaba té, preguntas y un misterio que crecía entre los engranajes. Contó que el reloj perteneció a su abuelo, un hombre que trabajó toda su vida como guardián del tiempo en una biblioteca olvidada. Decía que él aseguraba que el tiempo no era una línea recta, sino un torbellino.

Samuel la escuchaba fascinado. Nunca había interesado tanto una persona en su mundo. Ella hablaba no como quien teme al tiempo, sino como quien lo respeta. Entre ambos surgió una conexión silenciosa, hecha de miradas, pausas y palabras escogidas con precisión.

Con el paso de los días, Samuel empezó a trabajar en el reloj con una obsesión que rozaba lo imposible. Intentaba construir un mecanismo nuevo, uno que no se moviera hacia adelante ni hacia atrás, sino hacia adentro. Hizo pruebas con engranajes de plata, resortes minúsculos, imanes, péndulos microscópicos. Nada funcionaba. A veces sentía que estaba reparando el mundo entero, no un simple reloj.

Mientras tanto, la ciudad seguía su vida frenética. Los edificios crecían, las tiendas abrían y cerraban, las personas envejecían sin darse cuenta. Hasta que, una mañana, algo extraordinario ocurrió: todos los relojes del taller dejaron de funcionar al mismo tiempo.

El silencio fue tan denso que Samuel juró escuchar su propio corazón como un martillo. Observó los relojes inmóviles, las agujas quietas. No estaban rotos; era como si hubiesen decidido tomar un descanso.

Elena llegó unos minutos después y lo encontró maravillado.

—¿Lo ves? —dijo ella con una serenidad que parecía inexistente en el resto del mundo— El tiempo no se detiene porque no pueda avanzar, sino porque finalmente alguien lo escucha.

Samuel no contestó. Sus ojos estaban fijos en el reloj sin mecanismo. Abrió la tapa, y allí dentro vio algo que nunca antes había visto: el reflejo de su propio rostro envejecido unos diez años.

Se estremeció.

—¿Qué significa esto?

Elena cerró el reloj con suavidad.

—Significa que el tiempo no es algo que se mida, Samuel. Es algo que se elige.

Durante semanas trabajaron juntos, no para detener el tiempo, sino para comprenderlo. Samuel aprendió que el tiempo no era enemigo ni aliado, sino testigo. Que no se puede conservar, solo honrar. Que no se trata de detener segundos, sino de vivirlos.

Finalmente, una noche fría, el reloj volvió a latir. No marcaba horas ni minutos, sino momentos. Cada tic representaba un recuerdo, cada tac una posibilidad.

Elena sonrió.

—Está completo.

Samuel le devolvió el reloj. Ella lo guardó en el bolsillo de su abrigo y se acercó a él.

—Gracias.

Luego se marchó.

No volvió al día siguiente, ni la semana siguiente, ni el mes siguiente. El taller volvió a llenarse de ruidos, clientela y encargos, pero Samuel nunca preguntó por ella. No porque la hubiera olvidado, sino porque entendió lo esencial: el tiempo no se detiene para los que se quedan esperando.

Desde entonces, Samuel dejó de hablarle a los relojes y comenzó a leer más las miradas, los gestos, los silencios, los amores y los duelos. Reparaba como siempre, pero su oficio tenía un propósito distinto: no devolver el tiempo perdido, sino proteger el tiempo que queda.

Dicen que, años después, una mujer de abrigo azul dejó en la puerta del taller un paquete envuelto en papel dorado. Nadie la vio llegar ni marcharse. Dentro estaba el reloj, funcionando, y una nota que decía:

“El tiempo no se detiene. Solo aprende a esperar.”

Samuel nunca volvió a intentar detener el tiempo. No hacía falta. Había descubierto algo más importante: cómo vivirlo.

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