El tren que no esperaba a nadie

Historias

La estación central siempre estaba llena. Llenísima. Turistas con mapas, familias con maletas, vendedores ambulantes, pasajeros que caminaban rápido, casi corriendo, como si el tiempo los hubiera estado esperando toda la mañana.

Entre ese caos ordenado trabajaba Joaquín, un hombre de cuarenta y siete años que llevaba media vida como operador ferroviario. Conocía los trenes como otros conocen a las personas: por el sonido que hacen al llegar, por la forma en la que frenan, por el humo que dejan cuando se van.

Para la mayoría, un tren era un transporte. Para Joaquín, era un corazón de hierro que latía a horarios precisos.

Una rutina sin sorpresas

Cada día empezaba igual: un café fuerte, un cuaderno con horarios y una fila interminable de pasajeros ansiosos. Joaquín no se quejaba. Le gustaba la sensación de movimiento, la puntualidad, la disciplina mecánica del sistema. Le gustaba esa idea de que, aunque el mundo cambiara, los trenes siempre cumplirían su ruta.

Lo único que odiaba eran los retrasos. “Un minuto es suficiente para arruinar veinte planes”, solía decir.

La mujer del pañuelo verde

Todo cambió el día que Joaquín notó a una mujer que no encajaba. Estaba sentada en un banco lejos del tumulto. Tenía un pañuelo verde en el cabello, una gabardina ligera y una maleta vieja, de esas que parecen haber viajado más que la persona que las lleva.

No miraba el reloj. No miraba los anuncios. No parecía tener prisa.

Joaquín la observó varios días. Llegaba temprano, se sentaba en el mismo banco, abría una libreta y escribía. Nunca abordaba ningún tren.

En un mundo donde todos corrían, ella se quedaba quieta.

La primera conversación

Una tarde, cuando la estación empezó a vaciarse, Joaquín se acercó a limpiar unos papeles que habían quedado sobre el banco contiguo. No tenía necesidad de hacerlo, pero necesitaba una excusa para hablar.

—“¿Esperando a alguien?” —preguntó con voz amable.

La mujer lo miró sin sobresalto.
—“Esperando algo”, respondió.

Era una respuesta rara. Joaquín sonrió, más intrigado que antes.
—“Aquí todo lo que llega lo hace a tiempo.”

—“No lo que yo espero”, dijo ella, volviendo a escribir.

No dijo más. Joaquín sintió que no era el momento de insistir. Se alejó.

Los días que se repiten

El patrón continuó. Ella llegaba, escribía, esperaba. A veces sonreía sola. A veces cerraba la libreta con fuerza, como si una frase la hubiera herido. A veces simplemente contemplaba las vías.

Lo curioso es que nadie más parecía notar su presencia. Para el resto del mundo era una pasajera más. Pero para Joaquín era una nota disonante en un espacio donde todo tenía un ritmo conocido.

Una espera diferente

Una mañana lluviosa, la estación estaba más gris que de costumbre. La mujer no tenía paraguas y el agua empezaba a empaparle el pantalón. Joaquín salió con un termo en la mano.

—“Tengo café extra”, dijo sin preguntar.

La mujer aceptó la taza sin cortesía exagerada.
—“Gracias.”

Tomó un sorbo y luego preguntó:
—“¿Cuántos trenes pasan por aquí al día?

Joaquín sabía ese dato de memoria.
—“Treinta y dos.”

—“Entonces tengo treinta y dos oportunidades diarias”, dijo ella sin explicar a qué se refería.

El motivo de la espera

No fue sino hasta finales de ese mes que Joaquín obtuvo una respuesta más clara. La libreta se cayó del banco cuando la mujer se levantó para estirar las piernas. Joaquín la recogió. Sin leer nada, se la entregó.

—“Escribo cartas”, dijo ella.
—“¿Para quién?”

Ella respiró antes de contestar:
—“Para alguien que ya no está.”

Joaquín no preguntó más. Aprendió hace años que hay silencios que no se deben romper.

El tren que nunca se tomó

Con el paso de las semanas, la rutina se volvió casi ritual. Pero había algo que seguía intrigando a Joaquín: ¿por qué venía específicamente a la estación?

La respuesta llegó un miércoles al atardecer.

—“Él tomaba trenes”, dijo ella sin contexto.
—“Le gustaba viajar sin destino fijo. Decía que lo importante era el movimiento, no la llegada.”

Joaquín escuchó sin interrumpir.

—“Yo nunca lo acompañé. Tenía miedo a lo que no controlaba. Preferí quedarme donde todo era seguro… hasta que fue demasiado tarde.”

No lloró. No necesitaba hacerlo. Las palabras bastaban.

—“Por eso vengo aquí. No tengo prisa, porque ahora sé que hay esperas que duran más que los viajes.”

Un retraso extraordinario

Un mes después, un tren se retrasó. No por un minuto ni por diez. Por una hora completa. En treinta años de trabajo, Joaquín nunca había visto algo así.

Los pasajeros se irritaron. Se quejaron. Algunos pidieron reembolsos. Otros insultaron. Joaquín intentó mantener el orden.

En medio del caos, buscó con la mirada a la mujer del pañuelo verde. Estaba tranquila, casi feliz, como si el retraso fuera una especie de regalo.

—“Hoy el tiempo decidió esperarme a mí”, dijo cuando él pasó cerca.

La frase quedó grabada en la mente de Joaquín.

El último día

La mujer dejó de aparecer una semana después. Y otra. Y otra. Joaquín se preocupó más de lo que quiso admitir.
No tenía su nombre, ni su dirección, ni forma de buscarla. Tenía solo la imagen de alguien que sabía esperar.

Un mes más tarde, un sobre llegó a la oficina de supervisión. Sin remitente. Sin explicación. Solo decía:

“Para el hombre de los trenes.”

Dentro había una carta.

Decía:

“Gracias por no apurar mis silencios. No estaba esperando un tren. Estaba aprendiendo a despedirme de uno.

Él partió hace tres años, pero yo recién llegué al final del viaje.

Hoy tomé mi primer tren sin él. No sé a dónde voy, y por primera vez no me asusta.

Usted me enseñó que no todo lo que llega lo hace rápido, y que el tiempo no siempre es enemigo.

Hoy ya no espero. Ahora camino.”

Al final, firmaba con una inicial: “A.”

La reflexión

Ese día, Joaquín se quedó mirando las vías más tiempo del necesario.
Por primera vez en treinta años, comprendió que no todos están aquí para embarcar. Hay quienes vienen a despedirse. Hay quienes vienen a recordar. Y hay quienes vienen a soltarse.

No volvió a ver a la mujer del pañuelo verde. Pero cuando un pasajero llega tarde, ya no se molesta tanto. Porque entendió que algunos trenes no esperan, pero las personas sí necesitan aprender a hacerlo.


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